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Entrevista a Experimenta (in Spanish)

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Con motivo de la publicación en lengua castellana de su último libro, John Thackara ha concedido una entrevista a Experimenta. En ella repasa las principales ideas de su pensamiento y los motivos que le han llevado a profundizar en las relaciones entre diseño e innovación social con la mirada puesta en un mundo más sostenible.

Experimenta ha publicado Cómo prosperar en la economía sostenible, diseñar hoy el mundo del mañana la versión española de How to Thrive in the Next Economy: Designing Tomorrow s World Today,el último libro de John Thackara (Newcastle Upon Tyne, 1951), una obra indispensable para comprender la relación entre diseño e innovación social en el necesario empeño por construir un futuro sostenible.

John Thackara es fundador y director de Doors of Perception, una productora que organiza experiencias donde innovadores sociales y diseñadores hacen propuestas sostenibles y definen prácticas para llevarlas a cabo. Doors of Perception tuvo su origen en la actividad de Thackara como director del Netherlands Design Institute, una iniciativa del gobierno de los Países Bajos y de la ciudad de Amsterdam que inició su andadura en 1993 para aumentar la contribución económica y social de la práctica del diseño. Desde su experiencia Thackara ha escrito mucho sobre la cultura del diseño y el cambio de paradigma que ha supuesto el impacto de la sostenibilidad y la innovación social en la práctica. Entre sus libros más destacados cabe señalar los siguientes:

Entrevista

Esta es una de las primeras entrevistas con John Thackara en una publicación española. ¿Qué puede decir a los lectores de nuestro país sobre la motivación principal que le ha llevado a interesarse por los problemas discutidos en este libro?

Mi intención era llegar a todos aquellos que temen que no haya verdaderas alternativas a una economía que devora la naturaleza en nombre de un crecimiento sin fin. El libro quiere dejar claro, por ejemplo, que otro mundo, no sólo es posible, sino que ya existe. Y sé que esto es así porque he pasado treinta años viajando por medio mundo en busca de todas esas personas que se han atrevido a afrontar las necesidades de siempre de una forma completamente nueva; que se han ocupado de recuperar la tierra, compartir el agua o construir hogares; que han puesto su energía en cultivar alimentos, diseñar ropa y, ante todo, en cuidarse los unos a los otros. Algunas de las actividades que aparecen en las páginas de este libro pueden parecer poco habituales como quizá sucede con los restauradores del suelo, los responsables de los ríos o los agricultores sociales. Pero esas personas de las que escribo no son superhéroes, sino gente normal que lleva a cabo una estimulante tarea en unos tiempos bien difíciles.

Dicho esto, hago hincapié en la fuerza que tienen todas esas pequeñas iniciativas para transformar la situación en su conjunto, sobre todo cuando los esfuerzos aparecen conectados entre sí mediante redes, como sucede con los sistemas para compartir alimentos, la agricultura social o el cultivo de tejidos. Debo decir que la obra de Amador Fernández-Savater ha supuesto una gran motivación para este trabajo. En particular, porque nos anima a “no luchar directamente por el poder, sino a convertirnos en un mensaje que transmita una nueva concepción del mundo”, y eso es lo que he querido hacer: cambiar nuestras expectativas de lo que es posible en un futuro cercano e incierto.

Su propuesta es algo más que un trabajo académico. Hay en sus páginas un estilo narrativo que llega a todo tipo de lectores. ¿Ha sido su deseo de extender estas ideas entre un público más amplio un motivo para escribirlo?

Trato de plantear preguntas de una forma que permita a lectores de muy diversos orígenes unirse a este debate y participar en él. Es la mejor manera de evitar la jerga confusa y, obviamente, todas esas palabras que se ponen de moda cuando se habla de estos asuntos. Pero también incluyo historias reales, ejemplos que aclaran una realidad que, si no se explicara de este modo, parecería un asunto demasiado abstracto. Los sistemas alimentarios son un buen ejemplo de esto que digo: para la mayoría de la gente, y me incluyo entre ellos, algo que se denomina “sistema alimentario” no es más que un concepto abstracto difícil de entender, ¿qué puede ser algo así?, se preguntan, ¿cómo se comporta un sistema alimentario? En lugar de responder de una manera teórica a esas preguntas, escribo sobre cosas concretas: un comedor, una panadería comunitaria, un restaurante vegetariano o un sitio web que distribuye alimentos; y explico que ese ente misterioso que se llama sistema alimentario incluye muchas actividades que forman parte del mundo real.

Insiste usted en que no es posible aumentar la producción ni el consumo en un mundo finito, un mundo físicamente limitado. ¿Qué ocurrirá la próxima década?

Tengo que confesarlo: ¡No tengo ni idea de lo qué va a pasar dentro de diez años! Pero, para mí, eso no es lo esencial. Animo a los lectores a que se centren en lo que está pasando ahora, en aquello que parece escapar a nuestra atención, que queda lejos de los grandes medios de comunicación, en el límite de lo que nos resulta familiar. Cuando ponemos todos esos proyectos juntos, gracias a las redes de última generación, se muestra ante nosotros una nueva y fascinante narración acerca de la verdadera función de la economía. En lugar de la obsesión por lo material, por el dinero y por el crecimiento infinito, el progreso adquiere en estos proyectos un significado bien distinto: que los suelos, la biodiversidad y las cuencas hidrográficas vuelvan a ser saludables y las comunidades sean más resilientes. Sus principales valores son la administración cuidadosa y la salud, en lugar de la extracción sin límites y la decadencia.

No parece discutible la importancia de ese cambio que afecta al sistema económico en su conjunto. A veces parece que las soluciones no son fáciles de encontrar. ¿Qué papel pueden tener los diseñadores y los artistas para contribuir a un cambio positivo?

Los diseñadores y los artistas deben ver como un estímulo la inmensa diversidad del trabajo que hay que hacer para llevar adelante estos nuevos proyectos y convertir nuestro entorno en un lugar lleno de vida. Se necesitan mapas de activos ecológicos para las regiones biológicas que permitan conocer su geología, su topografía, sus suelos y sus cuencas hidrográficas; que hagan posible saber a ciencia cierta la agricultura y la biodiversidad que contienen. Hay que diseñar instrumentos para monitorizar la colaboración de los sistemas vivos, las interacciones que establecen entre si, la capacidad de carga de la tierra y los canales de retroalimentación que contienen. Hay que identificar los espacios y lugares que permiten esa cooperación y, cuando sea necesario, adaptarlos, ya sean espacios productivos o iglesias, ayuntamientos o bibliotecas. Hacen falta nuevas plataformas colaborativas y sistemas peer to peer que ayuden a la gente a compartir recursos de todo tipo, desde la tierra al conocimiento y el tiempo disponibles. Estas son todas tareas de diseño, al menos en parte, aunque no aparezcan en los planes de estudio de la mayoría de las escuelas ni en los folletos de las empresas que practican la profesión.

Hay también una clara intención literaria en su libro que se hace evidente cuando explica ciertas impresiones personales. La descripción de las primeras páginas del quinto capítulo es muy emotiva: muestra la compleja diversidad de la vida moderna de una manera muy intensa. ¿Qué hay en este libro de autobiográfico? ¿En qué medida es una especie de diario personal sobre el impacto de esta gran transformación social?

La filósofa de la ecología Joanna Macy ve esta fascinante historia como el “Gran Cambio”, y mi libro no es más que uno entre muchas iniciativas de esta nueva manera de ver las cosas que está surgiendo con tanta fuerza: no vivimos al margen de nada, no vivimos separados de las plantas, ni de los animales, ni del aire, ni del agua ni del suelo. Siento intensamente esa experiencia ante una realidad donde ningún organismo es verdaderamente autónomo, lo siento cuando camino por los parajes silvestres de las Cevenas, la zona montañosa de Francia donde vivo. Pero también lo siento cuando estoy con los investigadores, esa gente que hace profundos estudios de la teoría Gaia, del pensamiento sistémico, de la ciencia y la resiliencia, que entiende nuestro planeta como una red de ecosistemas interdependientes y no como una mera colección de elementos aislados. Todos aquellos que se dedican a la investigación de cualquier cosa, ya sean virus sub-microscópicos, levaduras, hormigas, musgos, líquenes, hongos mucilaginosos o micorrizas, árboles, ríos o sistemas climáticos, todos ellos contribuyen a esta nueva historia en la que los fenómenos naturales mantienen entre sí una innegable conexión. Su esencia no es otra que estar en relación con los elementos vivos, incluso con nosotros mismos, los seres humanos.

Explora también innovaciones prácticas en sostenibilidad a nivel mundial y las muestra como pequeñas historias con un nexo común. ¿Cuál de ellas considera como mejores ejemplos de ese cambio que está en el horizonte?

Para mí, sin duda, lo más importante es la gran variedad de proyectos e iniciativas que aparecen ante nosotros. Ningún proyecto es por si solo esa suerte de bellota prodigiosa que pueda llegar a convertirse en un fuerte roble. ¡Tenemos que pensar más como si fuéramos un bosque y no como un árbol solo y aislado! Si nos fijamos en los bosques sanos, vemos que son ante todo extremadamente diversos, y apreciamos el saludable nivel de esa diversidad en la innovación social que surge por todas partes. Mucha gente dice que tenemos que centrarnos en soluciones que tengan capacidad de expansión, pero para mí eso no es más que una forma de pensamiento global, con una ligera capa de color verde, muy por encima. Cada contexto social y ecológico es único y las respuestas que buscamos sólo pueden basarse en una infinidad de necesidades locales concretas.

¿Qué ejemplos de proyectos urbanos le han impresionado más?

En mi opinión, los proyectos urbanos más importantes son los que ponen la vitalidad de los fines sociales y de los sistemas ecológicos en el primer punto del orden del día. En términos de planificación, esto se traduce en la necesidad de apoyar entornos para la creatividad social: los espacios maker, los proyectos de reciclaje, las cervecerías y los hornos artesanales, los huertos productivos, los comedores y otras iniciativas similares. Todas las ciudades necesitan iniciativas como estas y otras parecidos que se fundamentan en el bien común, con la idea de llevar a cabo transformaciones sociales. En sus programas de apoyo a las empresas, las ciudades deben centrarse en plataformas cooperativas en las que el valor sea compartido de manera justa con quienes las hacen posibles y valiosas. Y, desde luego, “valor” aquí significa refugio, transporte, alimentación, movilidad, agua, atención a los ancianos y mil iniciativas que contribuyen a ese cambio, es decir, el “valor” puede estar en todo.

Un aspecto importante es el énfasis en la recuperación de la ciudad como un lugar para formas de vida más sostenible. Los ejemplos de Fresno y Cleveland, pero también de muchos otros lugares, insisten en mostrarnos una revolución que no tiene lugar “en el campo”, sino en nuestras ciudades. ¿Podría llegar a frenar esta tendencia los grandes intereses que dan forma a nuestro actual entorno urbano?

Sucede que cuando me encuentro con planificadores o con gerentes urbanos me gusta preguntarles dos cosas: “¿Sabe usted de dónde vendrá su próxima comida?” y “¿sabe usted si ese lugar es saludable o no?” Estas preguntas inesperadas son una especie de llamada de atención que nos obliga a centrarnos de nuevo en la salud de aquellos lugares que proporcionan agua y alimentos a la ciudad. Dentro de este marco hay oportunidades para que emerja la innovación, y una de ellas es la agricultura urbana. La innovación aquí no tiene tanto que ver con sistemas de control de alta tecnología, sino con otras nuevas maneras de compartir recursos y colaborar entre todos para poner en marcha ese necesario cambio. Hacen falta también otras fórmulas empresariales: cooperativas de alimentos, cocinas colectivas, comedores comunitarios, espacios verdes para el cultivo de comestibles…, necesitamos nuevas plataformas de distribución, diferentes formas de compartir recursos y establecer mecanismos de colaboración. Todas ellas son oportunidades para este necesario diseño urbano.

Es muy relevante el capítulo dedicado a la alimentación. Parece evidente que hace falta una nueva forma de organizar la producción y la distribución de alimentos. ¿Cree que organizaciones agrícolas como “La Vía Campesina” pueden liderar este proceso de cambio, cuando tienen enfrente a las grandes empresas agrícolas y, en cierta medida, a organizaciones como la FAO?

“La Vía Campesina” tiene ante si a grandes obstáculos, por supuesto, porque es indudable que la agricultura industrial se ve, antes que nada, como un poder omnímodo y monolítico. Sin embargo, esta agricultura industrial se enfrenta a crisis múltiples y, a mi entender, muchas de ellas terminales, aunque traten de mantenerlas ocultas: hay una crisis de la productividad, pero también de la rentabilidad y, sobre todo, una crisis de legitimidad; y todas ellas son estructurales, están vinculadas a un sistema que solo puede calificarse de fallido. Por eso, cada vez más, muchas personas trajeadas se dan cuenta de que un enfoque agroecológico tiene más posibilidades de futuro que cualquier otro planteamiento industrial y productivista. Asistimos a un cambio radical en esa visión del mundo, un cambio que nos aleja de un enfoque centrado en la producción de alimentos, y nos lleva hacia otro que entiende de manera global los intereses de las comunidades rurales en su relación con la tierra, las cuencas hidrográficas y la biodiversidad de una forma; un planteamiento que piensa en todos ellos como partes interdependientes de un sistema.

La mejor manera de ayudar a movimientos como “La Vía Campesina” es hacer algo similar en nuestro propio entorno, buscar proyectos de base como los que describo en el libro y conectarse con ellos: grupos que trabajan en la restauración de los ecosistemas, los lagos y las cuencas hidrográficas; los hackers que se dedican a todo tipo de iniciativas, desde ordenadores a sistemas de saneamiento; o iniciativas que han llevado a fórmulas inteligentes en que los agricultores urbanos, los banqueros de semillas, los diseñadores de moneda local y los médicos de la comunidad hacen su trabajo. Este movimiento no tiene un nombre o un logotipo, ni dispone de una oficina, pero tiene un amplio concepto que puede dar sentido a la labor que hacemos como diseñadores en este enjambre: la idea acerca de lo que es común. Su valor fundamental es una administración cuidadosa que reemplace a la extracción, lo contrario a esa pretensión tan conocida de convertir todo en dinero. Pocas de estas actividades se describen como “diseño”, pero la mayor parte de estas estimulantes iniciativas pueden beneficiarse de nuestra participación. Pero aquí es donde el diseño tiene que estar presente para contribuir a ese cambio.

Entre los aspectos más innovadores del libro está la necesidad de un nuevo lenguaje. Hay que dejar de hablar de “hacer menos daño” para referirnos a “dejar las cosas mejor de lo que están” si queremos algún tipo de transformación positiva. ¿Cómo pueden los diseñadores contribuir a este cambio de paradigma en la comunicación?

En primer lugar, ¡los diseñadores deben hacer menos comunicación! Al menos deben abandonar ese tipo de comunicación que caracteriza a los medios unidireccionales y masivos, me refiero a cosas tales como carteles o campañas que dicen a la gente cómo deben comportarse. La prioridad no es enviar mensajes, conceptos o planes de forma imperativa; la prioridad es fomentar una suerte de empatía ecológica y que, como consecuencia de ella, surjan mejores y más ricas conexiones entre las personas y los lugares. Esa empatía está latente en cada uno de nosotros, simplemente hay que dejar que se manifieste libremente.

Lo que necesitamos son detonantes positivos que despierten en nosotros la alegría de sentirnos en casa cuando estamos en el mundo natural. Aquí es donde el arte y la narración tienen sentido porque pueden modificar nuestro interés, redirigir nuestra atención e iniciar debates de una manera que esas convencionales comunicaciones intimidatorias nunca consiguen. Decía Marcel Proust de una forma memorable que “el verdadero viaje hacia el descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras, sino en verlas con nuevos ojos”.

Las grandes empresas usan la preocupación de la gente por el medio ambiente para reorientar sus políticas comerciales. ¿Es posible que la industria (obsesionada con el crecimiento y el consumo) pueda liderar algún tipo de cambio positivo hacia una sociedad sostenible?

Tuve una experiencia reveladora trabajando con un gigante sueco que se dedica a fabricar muebles para el hogar. Esta famosa compañía tiene en su haber miles de mejoras, rigurosamente probadas y registradas en lo que llaman una “lista sin fin” de prácticas medioambientalmente sostenibles. Pero lo único que no se habían atrevido a hacer es preguntarse si deben o no seguir creciendo. Más bien al contrario: se han comprometido a duplicar su tamaño en 2020; para esa fecha pretenden que el número de clientes que visita sus numerosos y enormes almacenes crezca muy por encima de los 650 millones anuales que lo hacen en el momento de escribir estas líneas, hasta alcanzar los 1.500 millones. Mientras estaba allí sentado, me di cuenta de que por mucho esfuerzo que hicieran, por muchas innovaciones y prácticas sostenibles que pudieran poner en marcha, el impacto negativo neto en los sistemas vivos de las actividades de esa empresa, será mucho mayor en los próximos años de lo que es hoy en día. Y todo por su tasa de crecimiento. En ese momento fui consciente de que comprometerse a “hacer menos daño” no significa nada si una empresa no pone en duda al mismo tiempo su compromiso por crecer. Por supuesto, si sigue creciendo, inevitablemente, dejará las cosas aún peor de lo que estaban.

En relación con la pregunta anterior, ¿qué papel pueden desempeñar las cooperativas, las empresas sociales y otros modelos de negocio social en un mercado como el nuestro que necesita altos niveles de consumo y de crecimiento para sobrevivir?

Cuando me refiero al bien común, estoy pensando en ideas y prácticas que produzcan sentido y esperanza. Me gusta la forma en que Silke Helfrich habla del bien común como “todo aquello que heredamos de las generaciones anteriores y que hace posible nuestros propios modos de vida”. Visto a través de esa lente, lo común puede incluir la tierra, las cuencas hidrográficas, la biodiversidad, el conocimiento, los programas informáticos, las habilidades, pero también los edificios y los espacios públicos. Lo importante es la riqueza de la que se ocupa una comunidad a través de generaciones. La idea encarna un compromiso de “dejar las cosas mejor” de lo que estaban, en lugar de extraer valor de ellas lo más rápidamente posible.

Nada de esto es nuevo, por cierto. La idea de lo común tiene detrás una larga trayectoria. Un camino que describe como la gente gestionaba las tierras comunales en la Europa medieval. Desde sus inicios la historia nos ha mostrado comunidades que manejaban esos recursos de forma sostenible: el uso compartido del agua como un bien común se remonta a 8.000 años atrás. Una de mis fuentes de inspiración en este y en otros temas, el activista David Bollier, reconoce que, aún hoy, dos mil millones de personas dependen del bien común que suponen los recursos naturales para su vida diaria: las tierras de cultivo, la pesca, los bosques, el agua de riego o los animales de caza son indispensables para su supervivencia.

A través del libro aparece con frecuencia una alusión a un mundo sin mercados, donde el comercio se pueda resolver a través del trueque, o con procedimientos alternativos no monetizados. ¿En qué medida esta nueva cultura, necesaria para reducir los impactos peligrosos, puede hacer a la frente tremenda fuerza que el dinero tiene en nuestra sociedad?

No estoy seguro de que nos refiramos con ello a una nueva cultura. La economía basada en la asistencia ha estado presente durante toda la historia; cuidarnos los unos a los otros, cuidar la tierra, han formado parte de la vida del hombre de mil maneras distintas, muchas de las cuales no han supuesto nunca ningún pago por el trabajo, son cosas que han sido siempre así. Una importante escritora alemana, Ina Praetorius, defendía recientemente esa economía centrada en la atención dando a esta palabra el sentido de cuidar el mundo, y no sólo esa idea más estricta y convencional que entiende la atención como enfermería, servicios sociales o tareas del hogar. Teodor Shanin, al que se le conoce como el filósofo de los campesinos, hacía una observación similar: la gente del campo, los agricultores y los pobres han sido administradores de sus bienes comunes (la tierra, el agua y el aire) durante generaciones. Pero la moderna producción industrializada de cultivos en masa ha hecho más y más duro su trabajo, y ahora tenemos la difícil pero agradable tarea de reinventar esa relación para los nuevos tiempos que están por venir.

En las últimas décadas se ha creado una especie de mercado “verde o amigable” para esos consumidores inquietos por la calidad de vida y el entorno, ¿serán capaces de ir un poco más allá y renunciar a los actuales niveles de comodidad?

Creo sinceramente que comprar y consumir cosas materiales no hace feliz a nadie. Lo que proporciona felicidad a las personas es sentirse conectadas entre sí y con los sistemas vivos con los que necesariamente interactúan.

Quisiera terminar con una pregunta más personal. Su carrera comenzó en áreas muy próximas al diseño convencional. ¿Qué le hizo cambiar para llegar a un análisis más complejo y una posición más ambiciosa? ¿Qué papel desempeñó Doors of Perception para llegar a esta nueva situación?

En cierta medida Doors of Perception tiene que ver con tres cosas esenciales: cambiar la manera en que vemos una situación; conectarnos con personas que no sean los típicos socios o proveedores; y ayudarles a superar la barrera que separa el hecho de hablar de algo con el acto de poner en marcha una propuesta que pueda conducir a un cambio. Como instructor ayudo a que los grupos transformen esas ideas “que no están mal” en prototipos de servicios que terminen convertidos en el fundamento de medios de vida sostenibles y de otro tipo de negocios. Estas actividades son parte de un desafío más ambicioso para todos y no sólo para los diseñadores que puede resumirse en un par de sencillas preguntas:

Qué se necesita para ser un buen antepasado?

Qué medidas prácticas podemos tomar para dejar el mundo mejor de cómo lo encontramos?

Muchas gracias por esta entrevista.

 

 

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